No vas a ser influencer en la puta vida

Scroll this

No sigo a ningún youtuber en concreto. De hecho, me repelen bastante en general. Esa manera histriónica de hablar delante de cámara, con esos montajes arrítmicos y efectos sonoros ralentizados, me pone nervioso. Debe ser que soy old school; bueno, no conecto con ellos, punto. Eso no quita que hay tipos como el Rubius – con 26 millones de subscriptores en su canal de youtube – que me llaman la atención. Al entrar en su canal, el primer vídeo que me encuentro es éste. Y una vez lo veo, pienso que tiene gracia el cabrón. Tiene algo magnético que me atrae. Sin embargo ¿por qué el Rubius y otros pocos son considerados influencers y el resto no dejan de ser unos youtubers que se pelean por unas decenas de subscriptores? Un tipo que es considerado por la revista Time como uno de los “Líderes de la Próxima Generación” a nivel mundial y está desde hace años entre los los cinco youtubers con más subscriptores del mundo, algo debe tener. Así que me dispuse a analizar en él y en otros tantos, qué es ese “algo” que hace que tipos como él sean influencers y otros, como tú o como yo, no lo vayamos a ser en la puta vida.

Nota introductoria
Lo que propongo es analizar qué características psicológicas y de personalidad poseen los influencers y alejarme de los posts tipo “Cómo ser influencer” que me parecen ridículos, porque básicamente recomiendan literalmente y en este orden: 1. comprar followers, 2. mencionar un montón de marcas, 3. Repetir frases motivacionales acompañadas de un montón de hashtags, 4. Definir y cuidar el propio look. 5. Hacerse conferenciante (Recomiendo googlear “cómo ser influencer” y leer alguno de estos desternillantes artículos).

Unicidad VS otro más

Genio y figura hasta la sepultura. El influencer tiene algo de genio, y por definición, de genios hay pocos. De Steve Jobs hay uno y, salvando las distancias, de Rubius también hay uno. Puede haber imitaciones – incluso muy buenas a veces – pero el influencer de verdad tiene esa característica de la rareza. Rareza entendida como aquello que no abunda y que es intrínseca a la genialidad. Es por esta barrera tan infranqueable de la “genialidad” que, querer subirse al carro de los influencers sin serlo, conlleva un fracaso casi seguro. Los influencers, como cualquier genio, ya sea en su manera de hacer o de pensar, son diferentes al resto y destilan ese sabor especial  que los hace reconocibles. Además  en muchos casos son pioneros, por lo que, en según qué temática te estás metiendo, ya vas tarde casi seguro. Y ojo: ser influencer no significa tener muchos “seguidores” en redes sociales, de hecho, no tiene nada que ver a priori. Incluso algunos de los más importantes no tienen ninguna cuenta abierta. Si bien es cierto que hay influencers muy activos en redes, como Gary Vaynerchuk , que las han convertido en su lugar de influencia.

Naturalidad VS impostación

“Tú eres quien eres cuando nadie te está observando” afirmaba el actor Stephen Fry. El influencer lo es de manera natural, no sólo cuando cuando tiene a su público delante. Los followers estamos sedientos de autenticidad, para bien y para mal, y al impostado lo detectamos a kilómetros. Trump es un tipo auténtico mal que nos pese. El influencer es como aquel gurú que, de manera espontánea, ocupa ese lugar que le otorga la capacidad de dirigirnos o modificar cómo pensamos o actuamos. Esa mierda del “querer-es-poder” no es cierta, aún menos en “querer ser un influencer”. El influencer no se levanta un buen día y dice “Va venga, voy a ser influencer”. El influencer de verdad – como el líder o el gurú – lo es casi sin quererlo. De ahí que su viralidad sea imprevisible y casi siempre una sorpresa, sobretodo para el mismo influencer. “A la gente le encanta lo que hago pero no sé por qué” dice el Rubius. En cambio el impostado es como uno de esos pesados que van locos por tener amigos y consiguen justo el efecto contrario. Se esfuerzan en postear fotos y frases para conseguir un par de likes, con lo que pasan a postear vídeos pensando que el problema era el canal, y consiguen un par de subscriptores. Y así van probando. En el influir, como en la viralidad, hay algo de mágico muy poco controlable; esa es la gracia, precisamente. Los aspirantes a influencer, por mucho que se esfuercen, no lo serán. Y de hecho, ese esfuerzo en insistir en ello termina por ser su propia trampa. Además el esfuerzo está sobrevalorado. El influencer lo es de manera natural a través de un estado de no-esfuerzo. De hecho, cuando algunos influencers se desvían, y empiezan a esforzarse, su mensaje pierde frescura y decae la magia. La psicología actual lo llama fluir, o en la filosofía oriental lo llamaban Wu Wei, el hacer sin hacer, el hacer sin esfuerzo, como las plantas que crecen en armonía sin esforzarse ya que crecer está en su naturaleza.

Excelencia VS mediocridad

En esos estados de no-esfuerzo, el influencer consigue llegar a la excelencia, a los mayores rangos de creatividad. Me gusta la palabra thrive (florecer) para explicar este estado de máximo potencial. Hay que matizar que este “sin esfuerzo” no significa que no haya trabajo duro detrás. De hecho la mayoría de influencers son workaholics, exigentes y obsesivos, pero la base no es el esfuerzo, sino la excelencia en un talento que les es propio. Esa excelencia convierte al influencer en referencia en lo suyo. Son muy buenos en lo que hacen, siendo ellos mismos una marca. En cambio, los eternos aspirantes suelen quedarse en niveles entre aceptables y mediocres, a pesar de esforzarse mucho, e intentan emular a su ídolo pero no pasan de marca blanca. Algunos, desesperados, se hacen asesorar por algún coach que les anime a conseguirlo, a creérselo, pero ni con esas. Lógico si aceptamos que quien les ayuda también se ha creído sus propias mentiras.  ¡Cuánto esfuerzo desperdiciado!

Catalizador VS estéril

Etimológicamente: influir viene de influere que significa “acción de deslizarse hacia el interior de algo” o “penetrar en el interior de alguien para ejercer una presión”. Lo que dice, hace o propone el influencer de verdad se mete dentro, se contagia y es capaz de producir cambios. Resultan inspiradores, estimulantes. Provocan una reacción a los que escuchan e impelen a actuar o a sentir de una cierta manera.  Su opinión es valorada y pueden convertir algo que, hasta entonces pasaba desapercibido, en mainstream. Son catalizadores de cambio, motores para que algo ocurra. Los influencers son contagiosos como un virus. Y todos comparten una característica común: son grandes comunicadores; saben como seducir, persuadir, conectar, hacerse entender y movilizar a sus groupies.  

Consistencia VS fragilidad

Los influencers tienen confianza en lo que hacen y se sienten cómodos en ello. Y nosotros, como followers, establecemos un pacto con nuestro influencer de cabecera en el que esperamos – incluso exigimos – que se respete esa consistencia. La relación influencer-follower es frágil, subjetiva e íntima, de ahí que si el influencer no es consistente en lo que se espera de él, esta relación tambalea. De alguna manera, los influencers han aceptado una responsabilidad hacia sus seguidores. Y como en todo, a veces para el influencer no es fácil sostenerla. Como dijo el tío de Peter Parker: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. La consistencia existe si lo que hay detrás es genuino; sin embargo si sólo la sostiene la vanidad o una simple estrategia comercial, no auguro mucha perdurabilidad en el tiempo. Si conseguir groupies fieles es algo que se tarda en forjar en el tiempo, perderlos es mucho más rápido y fácil. Y eso las marcas lo saben muy bien.

Desapego VS obsesión

Y finalmente, los influencers de verdad tienen desarrollado un desapego a serlo. Son conscientes que, en el fondo, el azar o el destino les ha llevado a ese estatus, y que cualquier día pueden dejar de disfrutar de ello. Saben que, de la misma manera que llegaron a lo más alto, pueden caer en el olvido, y que morir de éxito es tan rápido y fulminante como la viralidad misma. Ese desapego les hace ver que de alguna manera todo este éxito no les pertenece y toman perspectiva sobre todo ello, sin identificarse demasiado ni con el éxito ni con el fracaso. Este desapego les ha permitido centrarse en lo importante: ser buenos y auténticos en lo suyo y no dejarse llevar por los cantos de sirena de la fama. En cambio, los eternos aspirantes, los pseudoinfluencers, viven obsesionados por conseguir unas migajas de popularidad y agarrarse a esos escasos destellos de brillantez. Y aunque al final consigan algo de éxito, tampoco lo disfrutrán por miedo a perderlo. Así que, tal vez mejor fracasar a tiempo con dignidad que seguir dándose de cabeza contra el muro de la influencia.

Nota: Aparcamos hablar del lado oscuro de los influencers para un próximo post.

Créditos: Fotos de William White , Elijah Macleod y Lemuel Butler on Unsplash

%d bloggers like this: